Confiésalo: mamá te enseño a bailar

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Por Juan Carlos Lemus

La intimidad que cuelga de una cuerda. En una inusual imagen de aspecto 1 : 1 una figura femenina va tomando forma mientras oímos el inquietante y poético intro de “Childhood”. Ella es Diane, Die, Després (Anne Dorval), la mamá del adolescente Steve O’Connor Després (Antoine’Olivier Pilon). La melodiosa Sarah McLachlan, en medio de una escena que nunca imaginó para “Building a Mystery”, casi advierte lo que se viene. Así arranca Mommy (2014) del niño genio del cine Xavier Dolan, premio del jurado en Cannes 2014.

Para la mayoría la definición más amplia de amor es mamá. De ella provenimos, nos alimentamos; ella nos cuida y defiende. Mamá es la primera en todo. Dolan recurre a la música popular para enfatizar la estrafalaria relación edípica que nos presenta. ¿Qué pasa cuando ella es incompetente y se ve sobrepasada por el reto? Die está de acuerdo con la melancolía que transmite Dido en “White Flag” al pronunciar «I’m in love and always will be».

Die procura organizar algo en su vida, y la de su hijo. Tratando de volver a empezar mientras se toma un café con bourbon. Intentando obtener calma a punta de gritos. El césped de envidiado verde es Kyla (Suzanne Clément), la vecina de enfrente con una vida modelo. Un saludo de una calle de ancho. Kyla distraída ve más afuera que adentro de su propio desorden. La camisa de Steve tan colorida como el paisaje de cielo azul y sol brillante no es óbice para que “Colorblind” asiente esa sensación de zozobra que no se nos despega.

En esos convulsos años por los que anda Steve es por mamá que pasa el aprender, el cómo relacionarnos con los demás. Cantar, bailar, amar. Escenifica Xavier Dolan una velada perfecta donde retrata valiente y arriesgadamente lo anterior. Su resaltador, la frase “On met juste les costumes d’autres sur soi” que menciona, con su usual sensiblería, Céline Dion en “On ne change pas” al tiempo que Kyla llega al rescate. Ella y su especial lugar, como Dion que es un «tesoro nacional».

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Lastimosamente el eurodance italiano de Eiffel 65 reclama a todo volumen que hay cosas inaguantables. «La vida es una partida de póker. Siempre es mejor tener un buen par» dice mamá a su nueva amiga que viste a los de enfrente de esperanza. Kyla completa la mano, ella funciona allí como los chelos en “Wonderwall”. Con ese mismo tono el director nos expande la pantalla. Y a pesar de lo que cantan los Gallagher respiramos, hay más espacio. La sensación de plenitud hace eco en vos también.

Dura poco. Los corotos de otra vida que por diferentes motivos no se pueden dejar atrás. Primer plano de Die en silencio y la pantalla vuelve a ser la de televisor de rayos catódicos. Stevo se apresta para el Karaoke, es “Vivo per lei” su elección. Una analogía brutal: un futuro plausible cuando todo se torna rojo y se pierde la orientación. «Que amemos a alguien no significa que podamos salvarlo». Las cuerdas de “Phase” ahondan la sensación de desesperanza.

En Mommy (2014) cada canción tiene un momento, un espacio correcto en el cual sonar.

Una dosis más del juego con el tamaño de la pantalla. “Experience” hecha a la medida de la afanada charla que mamá tiene con Steve. Imágenes difusas que entre sonidos de piano, guitarra, chelos y violines profundos exaltan el anhelado porvenir para el hijo. Sus logros que se sienten mejor que los propios. El semáforo está en verde. La pantalla en negro. La música no suena. Gritos y planos secuencia. Kyla vuelve a su puesto y solo puede mirar por la ventana. No hay plástico con burbuja que proteja contra estos golpes. «Feed don’t fail me now» termina por decir Lana del Rey en “Born to Die” en la inesperada (?) escena final.

En Mommy (2014) cada canción tiene un momento, un espacio correcto en el cual sonar. Porque sin importar que algunas estén mal cantadas, en ese francés quebequés imposible, por sus protagonistas, Dolan logra que sonidos e imágenes copulen incestuosamente para dejarnos un recuerdo enganchado con particular fuerza al mensaje que quiere dejar. La memorabilísima banda sonora hace de pregonera en cada instante dramático y el mensaje se robustece entre estas tonadas que difícilmente hubiesen podido ser escogidas con mejor tino.

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