El Conjuro: sustos hasta con los ojos cerrados

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Por Amel Restrepo Casas

Desde que recuerdo le tengo miedo a la oscuridad. Más que a la oscuridad en sí es a la cantidad de cosas que soy capaz de imaginarme, a la capacidad que tiene mi cabeza de crear pesadillas vivas, a que un día todo eso que pienso, que creo en mi mente, se vuelva realidad. Hasta hace muy poco tiempo le tenía una aversión total a las películas de terror, me traumatizaban tanto que podían pasar meses y me tocaba dormir con la luz prendida. Podían haber pasado meses y cuando llegaba el momento de acostarme las peores imágenes se me devolvían a la cabeza como un boomerang. Veía rostros en los rincones oscuros del armario, criaturas terroríficas debajo del escritorio, debajo de la silla, escondidas entre los 5 centímetros que separaban mi cama de la mesa de noche.

Hace un año, aproximadamente, empecé a cogerle gusto a este tipo de cine y con el tiempo he aprendido a lidiar con mi miedo más visceral. He visto la mayoría de películas que se puedan considerar decentes de los últimos 10 años y con el tiempo les he ido desarrollando cierta tolerancia. Ya no brinco, ni grito ni puteo tanto como solía hacerlo, como me hizo putear El Orfanato (2007) Actividad Paranormal 2 (2010), películas que me tocaron en mi punto de mayor susceptibilidad. Sin embargo, hay una persona que me regresa a uno de los peores momentos de mi infancia, cuando cada noche me tocaba rodearme de murallas de peluches y almohadas para poder dormir con mediana tranquilidad ante los peligros que mi mente creaba en la oscuridad: su nombre es James Wan.

El director malayo ha logrado revivir un género cinematográfico que en los últimos años ha caído en la predictibilidad y el lugar común. Podría dedicarle páginas a cada aspecto valioso de su cine, desde el manejo excepcional del suspenso hasta las experimentaciones con los planos, las tomas y los manejos de cámara, sus tramas, etc. Sin embargo, esta es una mirada a un aspecto fundamental de sus creaciones artísticas: su consistencia.

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El cine de Wan es consistente en gran medida porque su equipo de trabajo es consistente. Por ejemplo, el actor Patrick Wilson ha sido protagonista de las sagas de El Conjuro y de Insidious. Tanto el equipo frente a la cámara, como el que yace detrás, tiene una continuidad en las distintas obras de Wan. Decir que Wan le ha otorgado una nueva dimensión al cine de horror no es del todo justo pues ha sido él sumado a su equipo de trabajo quienes han conseguido este logro. Una de las personas más importantes en este proceso es Joseph Bishara, el compositor de la música incidental, también conocido como score, de la trilogía de Insidious y la de El Conjuro (que incluye la precuela Anabelle (2014)). Tras ver la segunda parte de El Conjuro me ha quedado más que claro que la música de Bishara es lo más tétrico que haya escuchado en mi vida.

Su trabajo es complejo, se ha dicho que ha sido uno de los compositores capaces de salir del molde de propuestas para scores de terror. En principio, lo que más llama la atención es su sincretismo. El compositor tiene la capacidad  de combinar distintas herramientas sonoras para lograr el resultado más efectivo. En el score de El Conjuro 2, por ejemplo, Bishara combina paradigmas clásicos del horror, como los coros que asemejan los cantos gregorianos y los violines estridentes, con percusiones orquestales, sintetizadores modulares y aparatos electrónicos. El resultado es  una estridencia abrumadora que termina apelando a miedos profundos de los espectadores. La lógica de composición de Bishara parece ser la de un artista que acumula muchos elementos distintos para generar tensiones entre ellos.

Igualmente, es música que se expresa de formas extremadamente físicas: bajos que sacuden el cuerpo, altos que destemplan los dientes y obligan a toda la cara a arrugarse en una mueca casi de dolor. Son, en su esencia, bellas odas a la incomodidad, sentimiento que pulula en el cine de Wan, una incomodidad ominosa, primigenia. A nivel musical, todo esto proviene de un profundo conocimiento de la relación entre tonalidades y emociones. La música de Bishara es emotiva, atmosférica, sumerge al oyente en un plano físico determinado por una emocionalidad precisa: es sentirse rodeado por una espesa e impenetrable oscuridad pero además sentirse abandonado en ella, melancólico, perdido.

batsheeba

(Joseph Bishara siendo maquillado para interpretar a Batsheeba en El Conjuro)

Estos sonidos son los que moldean la narrativa del cine de Wan, los que van marcando los caminos por donde se desarrolla la trama y que determinan las reacciones de la audiencia. Constantemente se contrastan energías y ambientes mediante el manejo de silencios y frecuencias sonoras. Todo esto solo puede venir de un profundo conocimiento y amor por el cine de terror por parte de Bishara, quien además, dato curioso, personifica a los demonios, espíritus, fantasmas y demás de las películas de Wan. El compositor parece estar buscando la mayor cantidad de formas para entrar en nuestras pesadillas.

El score de El Conjuro es una pieza que asombra por su belleza, pero que por sí mismo asusta como pocas cosas en esta vida. Si no me creen los invito a escuchar un fragmento, y que sea con unos buenos audífonos o equipo de sonido, de noche, con los ojos cerrados.

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