El arte del playback

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El arte del playback

Fotografía: Scott Gries [Getty Images]

Si Platón en su República habla y promueve la mentira “noble”, ¿por qué no reconocer el valor del playback?. Contrario a lo que muchos suelen pensar, este elemento puede leerse como una forma particular de teatro, una pequeña pero necesaria mentira social con fines de entretenimiento. El ser humano puede hacer uso de este deliberadamente y ejercerlo de todas las maneras posibles. Así que una cosa es el arte de fingir y sacar —con ingenio— partido de la falsedad y otra es emular siendo un completo mediocre. Hay que reconocer que no toda la gente posee el don para sacar provecho de esta técnica hasta lograr que el espectador sienta una profunda emoción estética.

Pero hay excepciones. En la industria cinematográfica, en especial en los musicales, hay gente que ha sabido explotar con destreza este recurso. Algunos optan por esta herramienta cuando los actores llevan a cabo su papel. Como estos suelen desplazarse de un lado a otro en su interpretación, y ese movimiento genera un ruido que sin duda afectaría la grabación y la mezcla, los productores deciden primero grabar el material sonoro en una locación con las condiciones acústicas adecuadas y luego apelan al fino acto de la simulación.

Vimos un poco de eso en novelas de corte criollo, como La Caponera, series como Hasta que te Conocí y filmes de alto nivel como Singin’ In The Rain (1952) Dancer in the Dark (2000) Los Hermanos Caradura (1980), The Wall (1982) y The Rocky Horror Picture Show (1975), donde el “Dr. Frank-N-Furter”, un extravagante científico travesti que, sobre riffs limpios y machacones, nos tiró en un fino playback los versos sucios de “Sweet Transvestite” (lo que sería el detonante para que el horror se nos volviera rosa). Tampoco se quedan atrás los videoclips, donde muchos parten del doblaje para cargar de dramatismo sus historias. David Bowie por ejemplo, nos pintó una variedad de emulaciones cantadas, la más bella entre todas fue la legendaría “Life On Mars?”.


El playback está en todos lados, aunque en la industria de la música usualmente este acto de fingir se pone de manifiesto con las divas del pop. Britney Spears se consagró como una de las reinas de este arte pero en vivo. En sus presentaciones, al mejor formato Disney ella prefería descansar la voz y optar grabaciones para enfocarse en una cosa: exponer los atributos de su figura y de su imagen a través las coreografías más sólidas y elaboradas. Y bueno, no es que todo el público (en especial el masculino) se enfocara solo en apreciar su rango vocal. No se debe negar que en su momento ella se lucía con sus actuaciones, pero ojo, lo suyo desde un principio era el espectáculo, ese era su verdadero producto cantara o no en directo. Si alguna vez hubo buenos playbacks, ahí entra la señorita Spears de los 2000, ese era su negocio, pare de contar. Ella era una actriz en la canción. Eso es una elección artística valida.


Y claro, este arte de la simulación musical resulta entretenido para un sector de la población. Por algo existen programas como Lip Sync Battle, donde los famosos se enfrentan en una batalla de playback. Ahí queda demostrado que en esta industria hay gente que aplica mejor la técnica que otra. Ahí vemos que este artificio de la simulación finalmente es muy bonito y todo, pero cuando se abusa, este no está exento de cualquier ostentación obscena.


Más allá de si es o no un síntoma de la mediocridad, el verdadero problema del playback es cuando algunos quieren imponerlo como la auténtica realidad musical, más cuando los artistas son libres de escoger si aplicarlo o no. No cabe duda que hay muchas cualidades éticas que exceden la lógica televisiva, pero todavía me sorprende que en pleno siglo XXI esta técnica siga siendo el recurso cómodo para algunos programas de televisión, espacios que sí tienen el dinero, la estructura y la tecnología para proponer nuevos espacios y ambientes para sesiones en vivo, pero que prefieren obligar a los músicos a someterse a esta técnica por cuestiones de presupuesto o física pereza.

En este caso, el playback como el autotune, para muchos llega a ser el mismo botox de la música. Esto me remite a episodios como el de 1986 en el cual los productores de un programa alemán le impusieron a Iron Maiden apelar a la fina técnica. El grupo fiel a sus principios se reveló con otro playback, uno que se ejecutó desde una actitud más sarcástica y terminó siendo una ingeniosa burla.


Todavía es curioso ver que como la cadena italiana RAI intenta vender esta técnica como un “formato” poniendo la emulación por encima del –en vivo-. Decidió imponer el modelo a Muse y el grupo lógicamente se reveló. Claro, como en este caso el producto de la banda británica es su música, no el espectáculo, esta decidió protestar mientras se divertía. Así Matt Bellamy, el vocalista, simuló que tocaba la batería de Dominic James Howard mientras éste fingía que cantaba con un entusiasmo tipo Bon Jovi. Por otro lado Christopher Wolstenholme pasó de ser bajista a ejercer su papel de guitarrista. Al final, todos sacaron el actor que llevaban dentro, se burlaron, pero fue un episodio que nos puso a  pensar que nos dijo que el espectáculo debe hacer parte de la música y no al contrario.

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