In A Lonely Place, post-punk desde Rusia con amor

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In A Lonely Place, post-punk desde Rusia con amor

al que bien algunos románticos de Curtis todavía buscan algo de su espectro sonoro en las propuestas musicales emergentes. Se sabe que él ya no está, pero nos negamos a desconocer su legado. Inclusive en ese proceso decidimos ir por más y nos enfrentamos a los sonidos etéreos de Siouxsie and the Banshees, The Cure, Wire, Cabaret Voltaire, The Fall, Savages, hasta pasar por lo que fue la movida rusa de descendientes de Joy Division: Lebanon Hanover, Motorama y Human Tetris, a los que cuestionamos al pensar si se parecían más a Interpol o a Soft Moon, o si Arvid Kriger cantaba como Curtis o emulaba al mismo Paul Banks. Al final, nos expusimos a una serie de producciones que resultaron coherentes con una “evolución sonora” que implicaba volver a los orígenes.

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Ahora desde los escombros industriales de Moscú vemos que aparece un nuevo repertorio altamente sugestivo. No pretende ninguna revolución, o por lo menos no en este momento. Solo germinó musicalmente en unas coordenadas similares a las del post-punk inglés y al parecer pretende continuar con su cosmogonía sonora.

Se trata de In a Lonely Place, un dueto liderado por Micheal Omelchuk, quien abocado a su tarea y con absoluta sobriedad estética (muy a la cold wave) compuso un puñado de temas que luego junto a Artem Smirnov decidió de manera autogestionada e independiente rotar en la base más clandestina del circuito ruso. Y es que parece que ellos hubiesen tomado un poco de esos ritmos que fabrica Lebanon Hanover y le hubiesen agregado su impronta personal para crear una música a base de efectos digitales, climas fríos y solitarios cargados con esa modulación angustiada al más puro estilo de Curtis. Solo hay que escuchar su EP titulado Mess, que hace un buen tiempo vio la luz en formato cassette y digital a través de Vagueness Records.

In a Lonely Place concert

Este material resulta ser un puñado significativo de tracks crudos que dan la sensación de desolación. Aquí los músicos se vuelven existenciales permitiéndose dudar de todas sus certezas de una forma descarnada. En “The Pray” cumplen con gracia y estilo las máximas del género llegando a un manifiesto visceral del sonido con riffs aplastantes y una atmósfera hall que es atractiva gracias a un delay que produce cierto efecto taciturno y que trasciende al trance más oscuro.

En “Disappoint” es evidente que Omelchuk parte de la misma insatisfacción y rabia contenida del punk pero no la transforma en violencia contra lo establecido sino en una introspección declarando todo en una catarsis de oscuridad “rush to barricades, feel noise, close the eyes. Nothing ever changes”.

“Escape” es el punto de giro del EP. Allí el vocalista aparece lacerante. Es evidente que depende de las maldiciones paridas de los oscuros entresijos de la política y de las consecuencias que éstas provocan en la clase trabajadora en su país. En su frenesí industrial éste funciona como una especie de cronista cáustico de su tedio dejando entrever secos estribillos como “Turn away, turn away from the city” (huir), con “Turn away from the streets and their buildings” (decadencia urbana) y “So dance. And nobody can reach you” (insurrección). En definitiva, la maldita trinidad del lenguaje post-punk.

“Lie” se constituye como el ejemplo perfecto que ilustra lo que venimos diciendo: la mezcolanza de estilos, guiños aquí y allá para componer un track que explota con brillantez todas las alternativas que In a Lonely Place quiere tocar. En esta pista Omelchuk pasa a un estado sonoro diferente ya que introduce un beat sintético expuesto sobre un bajo hipnótico tenue dando lugar a una atmósfera trasnochada y narcótica.

Aunque si volvemos a su anterior EP, Diverse, probablemente nos llevemos la impresión de un material que es la mismísima retórica visual invertida del famoso álbum Closer. No obstante, lo interesante de este es que su sonido es inexplicablemente atractivo. En piezas como “Disappearing” los rusos van más ‘ralentizados’ y hacen gala de convertir la tristeza en algo dulce, creando una especie de música sacra de una religión sin dogmas. Mientras ritmos de extraña belleza aparecen en “Run”, tema que a su modo es una cita con el Joy Division más uptempo. Esta pieza no es impostada o histérica, sino comedida hecha desde la auténtica sinceridad de la más grande de las opresiones emocionales llevada a cabo por esa típica voz suave de barítono que es directa en sus alusiones.

Tal vez escuchar todo este repertorio nos transporte al pasado, a ese cementerio industrial de Manchester que dio a luz una nueva manera de hacer punk. O tal vez no. Para algunos podría ser algo nuevo en relación con el género. Nunca estaremos seguros, pero esa es la idea, no intentar definir las cosas ni darles una categoría, sino obedecer al mismo caos.

Solo podemos decir que en pocas oportunidades y menos a estas alturas uno puede darse el lujo de presenciar músicos que compongan un buen repertorio a partir de una corriente sonora que en la industria corre el riesgo de caer en el hastío. Por eso vale la pena enfrentarse al trabajo de Micheal Omelchuk y Artem Smirnov, tal vez porque ellos son capaces de sonar a cold wave viejo y a nuevo al mismo tiempo o porque imprimen a sus temas algo de su esencia rusa, recuperando las formas de engranar el estilo de los viejos clásicos del punk europeo. Al final, la pregunta sobre si son o no revivals de Joy Division sigue sin ser contestada, solo podemos decir que Curtis no ha muerto y que su influencia suele aparecer en los lugares y de las formas más inesperadas.

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