De N.W.A hasta Spice Girls, en el punk caben muchas cosas

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De N.W.A hasta Spice Girls, en el punk caben muchas cosas

Hace poco el portal de música de la BBC exponía 6 razones por las cuales las Spice Girls fueron los Sex Pistols de los 90. En uno de estos se decía que las dos agrupaciones trascendieron sus orígenes manufacturados. En efecto sonaba descabellado pero también era razonable. Pensándolo bien había algo de cierto en eso. Si miramos atrás, inicialmente la banda insigne del punk causó especial interés en Malcolm McClaren, productor y empresario británico que en su momento se vio interesado por la Internacional Situacionista, movimiento que proponía performances happenings, diferentes intervenciones de provocación para la promulgación de los cambios sociales. Básicamente allí se utilizaba el espectáculo, el caos, para perturbar el statu quo (lo que de alguna manera luego se vio reflejado en el concepto de Pistols).

Tras conocer a McClaren, Lydon se convirtió en Johnny Rotten y su banda pasó a llamarse The Sex Pistols. Sin duda, el empresario fue determinante en la carrera del grupo y del género; su iconografía, su ideología y su enfoque no hubieran sido posible sin él.


Con las Spice Girls sucedió algo similar. En los 90, mientras las boy bands dominaban el mercado de la música pop, un par de managers como Chris Murphy y Bob Herbert, decidieron crear un grupo femenino que pudiera competir en esta industria saturada por hombres. En un anuncio en el periódico británico The Stage ellos convocaron a todas las jóvenes británicas a una audición para formar el grupo. Al final quedaron Victoria Adams, Melanie Brown, Melanie Chisholm, Geri Halliwell y Michelle Stephenson, quien más tarde fue reemplazada por Emma Bunton. Esta alineación tenía la habilidad de bailar, cantar, ofrecer interpretaciones extrovertidas y ambiciosas pues podían ir del pop al rap sin ningún remordimiento. Además utilizaban el espectáculo a su favor para perturbar. “Les gustaba apelar al caos y aplicar algunas travesuras conceptuales”, explica Snapes de la BBC, quien deja claro que a su modo ellas tenían su espíritu punk.


Y bueno, no es del todo falso. Si vemos la carrera del grupo es notable que más allá de una operación descaradamente comercial si había una intención de reivindicar el poder femenino y la autonomía en la industria musical. En julio de 1995 las Spice se reunirían para firmar con Virgin Records (que también fue sello discográfico de los Sex Pistols). Sin embargo, London Records no había renunciado al grupo. La disquera empezó a ejercer presión sobre este para que consolidaran una relación con ellos, así que invitó a la banda a un viaje en barco por el Támesis  (sí, pretendían robarse el contrato). Pero al final, la limusina de las Spice se estacionó al frente de las instalaciones de Virgin. Una vez el valet abrió la puerta, cinco muñecas inflables (sí, eran juguetes sexuales) se desplomaron por la calle. Fue una broma que las Spice jugaron al sello para dejar claro que ellas tenían el poder, y que si firmaban eran en sus propios términos.

Con Virgin Records las cantantes editaron su álbum Spice (1996), del cual se desprendió su famoso sencillo “Wannabe”. Tiempo después las artistas mencionaron que optaron por esta label porque les ofrecía la oportunidad de seguir su propio camino sin presiones. “Sentimos que estamos rompiendo muchas barreras. Sabemos que las mujeres pueden competir con los grupos de chicos e ir en contra de las expectativas de las personas”, expresaron.

En efecto había algo de punk en eso, aunque luego esa forma de actuar y pensar resultó rentable y se convirtió en un negocio. Eso mismo pasó con la imagen de Sex Pistols (que alguna vez Green Day intentó emular). Pero nos quedó el punk no solo como género sino como algo más grande que el nervio provocativo insertado en una estética sonora abrasiva, ruidosa y estridente. Nos quedó el punk como postura, como forma de pensar y de hacer resistencia frente al establishment político, social, cultural, corporal e incluso musical. Nos quedó un movimiento que en realidad va más allá del cuero, la pose de chico malo, la cresta de colores, de los taches, de los alfileres de gancho, de los cuadros escoceses y de las frases intransigentes estampadas en camisas.


El punk está en constante reinvención. Es un acto efímero donde se cuestiona lo establecido y no se traga entero; es subvertir pero también disfrutar, es gozar, es representar todo lo que la sociedad odia, esconde y niega. Pretender decir que este es algo eterno, propio de un artista, o peor aún, decir que es algo hermético donde solo hay un código de comportamiento, lenguaje, vestimenta y una determinada temática musical es despojarlo de toda su esencia. Eso sería una contradicción.

El punk yace en diversos lugares y se presenta de distintas formas. Punk fue cuando N.W.A gritó “Straight Outta Compton” y mandó a la autoridad a freir espárragos con “Fuck the Police”, un corte donde ofrecieron una visión sin concesiones de la brutalidad policial y la opresión que vivían los jóvenes negros en las calles de Los Ángeles. Aunque punk también fue cuando Jack White fundó Third Man Records. Este cuartel de operaciones fue su respuesta frente a las discográficas grandes que por mediocres o tacañas no aflojan a la producción de álbumes y sencillos en formatos análogos o de cualquier otro tipo que implique experimentación.


Otra hazaña punk fue cuando Prince se hizo a su propio sello y luego decidió dar de baja a toda su música en una variedad de plataformas digitales cuestionando así el modelo de negocio de los servicios de streaming, los cuales (en su mayoría) no retribuyen de manera justa a los artistas.

Punk también fue cuando Madonna desafió a su manager y contra toda oposición se montó en un pastel de bodas en la primera edición de los MTV Video Music Awards (1984) para interpretar “Like a Virgin”. Allí se nos presentó de la manera más explícita que pudo y no solo desafió en su momento los límites de la cultura pop siendo política y sexualmente extrovertida, también puso a temblar las nociones de toda índole: religiosas, sociales, políticas, sexuales y de género. Pero su mayor acto punk fue haber lanzado “American Life” en pleno conflicto con Irak mientras que en Estados Unidos se desataba un salvaje nacionalismo yanqui. Nada pudo ser más intransigente que habernos dicho en la cara lo vacuo de la vida moderna y como la guerra se había convertido en un espectáculo para nosotros y objeto de entretenimiento para los tabloides y materia prima para las productoras cinematográficas americanas.


Punk también fue una obra como To Pimp a Butterfly (2015), pura turbulencia política cantada que podría concebirse como un sofisticado standard callejero. Kendrick no solo cuestionó el racismo institucionalizado, también nos dijo que la esclavitud se ha modernizado, que ya no se trata de un sometimiento físico, sino mental. Así nos dejó ver nuevas inquietudes y visiones de problemáticas que tanto en pleno siglo XXI siguen vigentes.

Pero punk también fue cuando nuestro Sid Vicious criollo Diomedes Díaz nos cantó en “Parranda, Ron y Mujeres” que la vida hay que vivirla, sin condicionantes, sin deberes, sin que nadie le esté diciendo a uno que hacer. Era anarquía pura: “Yo gozo mi vida y otro que la sufra, porque con lamentos no se gana nada… yo hago lo que a mí me gusta aunque la gente critique mi vida desordenada”. ¿Qué puede ser más punk que eso?

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