El tabú del K-pop

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El tabú del K-pop

Por Amel Restrepo Casas

Dos pandillas se enfrentan en una ciudad sin nombre. La pandilla A se reúne alrededor de un computador, han recibido un video de sus peores enemigos, la pandilla B. En el video se ve al mejor amigo del líder, golpeado, amordazado y con un letrero que le pone precio a su cabeza. El líder es un criminal chapado a la antigua, las reglas de la lealtad y el honor rigen su mundo, no puede dejar a su mejor amigo morir a manos de sus enemigos; el líder organiza la transacción.

Las dos pandillas se encuentran en una estación abandonada del metro de esa ciudad sin nombre, el rehén sangra, su cara ha cambiado por los golpes, sus ojos brillan menos por el alivio de ver a sus amigos que por la decepción que les ha causado. La transacción ocurre lentamente, el rehén está a punto de cruzar esta escena de mexican standoff, va a abrazar a su mejor amigo, el líder, pero el movimiento es detenido por un disparo en la mitad de su espalda. Las balas vuelan y los miembros de la pandilla A y la pandilla B mueren uno por uno, sus vidas se han extinguido, pero no el honor. Mientras el líder da su último respiro toda la secuencia retrocede, alguien está rebobinando esta historia. La imagen vuelve al momento del intercambio, justo cuando el líder va a abrazar una vez más a su amigo. La policía irrumpe en la estación abandonada, todo era un montaje, el rehén siempre fue policía, el líder nunca significó nada para él, solo estaba haciendo su trabajo, cumpliendo su labor; uno por uno los pandilleros son esposados, y el rehén abandona el recinto en una caminata solitaria.

Esta escena fácilmente podría ser una película de Tarantino, podría ser el climax de uno de los mejores thrillers del año, o de una de esas baratas películas de acción que terminan relegadas a un domingo de Caracol o RCN. Podría ser muchas cosas, pero la realidad es que es un video para la canción “One Shot” de la agrupación de koreana B.A.P. Este es el enigmático mundo del K-pop.

Entender el K-pop es complicado pues decir que se trata de un género musical sería erróneo, por un lado porque se niega su sincretismo sonoro, pero principalmente porque se niega su inherente carácter audiovisual. En este sentido al definir el K-pop sería mucho más sensato hablar de una cultura o una expresión artística en sí misma. Este encierra en su interior todas las formas de la música popular coreana y, especialmente, las formas más modernas. Esto significa que estamos hablando de un rango de géneros que comprenden el R&B, el rap, la balada pop, y géneros electrónicos como el dubstep, el trap y el EDM, por solo nombrar algunos. Además, el K-pop en su mayoría está conformado por boybands y girlbands que pueden ser desde un trío hasta diez o más integrantes; en apariencia no hay reglas.

Una introducción real de la cultura del K-pop podría tomarse un libro entero, pero lo que me interesa es hablar de un aspecto fundamental de este fenómeno asiático y es la dicotomía que presenta entre lo ridículo propio y lo ridículo ajeno. Al menos en apariencia, y en la reducida experiencia que he tenido con él, enfrentarse a este fenómeno artístico es enfrentarse a una amalgama de cosas, a un estilo musical que trascendió la música misma, que tiene lugar en el difuso espacio de la teatralidad y del performance, cuya base concreta es la experiencia audiovisual.

Uno de los elementos esenciales del K-pop son los videos musicales, la música por fuera del contexto de lo audiovisual pasa por expresiones sonoras más bien genéricas. Sin embargo, el sonido sumado a la imagen es capaz de crear intrincadas narrativas como la de “One Shot” de B.A.P. Si bien aspectos como el rango vocal o la disponibilidad para el baile elaborado y las coreografías intensas son importantes, lo esencial para el éxito de una agrupación koreana parece ser su imagen. Esto no es algo exclusivo de las boybands y girlbands koreanas, es un fenómeno al cual ya estamos más que acostumbrados en occidente, especialmente los que crecimos prefiriendo a X miembro de los Backstreet Boys o de las Spice Girls.

 La diferencia, no obstante, es que en el K-pop las personalidades son transigentes, los integrantes son capaces de cambiar entre una serie de posibilidades enormes. Se explotan estéticas sin ningún tapujo.

En el universo interno de un video, X artista puede presentarse como un personaje gótico, que canta una balada pop sobre decepción amorosa. Al siguiente puede personificar al gangster temeroso que propina balazos a ritmo de dubstep, que asume la personalidad del badgirl o badboy. Todo se trata de personajes, de personalidades para la pantalla, que son difusos, etéreos y pasajeros.

En el caso de las mujeres estas oscilan constantemente entre la imagen de la mujer tierna, medio infantil, prototipo de la obediencia, espécimen perfecto de la “buena esposa”, y por otro lado la mujer mala, explícita y rebelde, el sex symbol. Esta dualidad nos puede indignar de la misma forma en que nos indigna ver una mujer con burka, pero la indignación que nos produce el otro no nos frena de juzgar a Rihanna o Taylor Swift bajo los mismo parámetros de “la que está rica” y “la que está para casarse”.

Las formas de vestir que acá defendemos a capa y espada como propias de un género musical, propias de una amalgama cultural, allá se las ponen y se las quitan sin ningún reparo, como diciéndonos que creer que ropa y música son cosas que van de la mano es una afirmación que solo tiene sentido en el mundo virtual de un video musical, en la ficción de una narrativa audiovisual.

 Un primer acercamiento al K-pop está marcado por el asombro y la ridiculización. En mi caso lo que más me llamaba la atención es lo fuertemente ficticios que son los paisajes, las historias y los personajes. Sin embargo, esta creo que es su característica más importante, a través de la ridiculez que el K-pop nos expone somos capaces de entender la ridiculez que reside en nosotros, la contradicción inherente a nuestra cultura. El K-pop es una expresión híbrida, que bebe de la cultura más comercial de occidente, que la absorbe y la unta de sus propios valores culturales, de sus propias mañas sociales. Nos muestra a través de un filtro los paradigmas y estereotipos que hemos construido al otro lado del mundo.

Occidente siempre le ha tenido una combinación de asombro y aversión hacia el oriente lejano. Constantemente repetimos que los japoneses, los koreanos, los chinos y todos los pueblos que metemos en la misma bolsa de “oji-rasgados” son gente extraña, enferma y desviada. Pero la realidad es que lo que encontramos en ellos de extraño no es más que lo desviado que tenemos dentro de nosotros mismos. Por eso los invito a ver K-pop, y no con la mirada del morbo, sino más bien la de la reflexión, no en busca de excentricidades ajenas, sino de las excentricidades propias que ellos nos demuestran.

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