Los Corraleros del Majagual | Lamento Cumbiambero

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Los Corraleros del Majagual | Lamento Cumbiambero

Puntaje - 8.5

8.5

Nuestra Calificación

Resumen En un país donde el conflicto armado, la inseguridad, la clase política mediocre (y arribista), la corrupción y Transmilenio son el lamento de cada día, el único lamento que nos queda para disfrutar es el de Los Corraleros. Allí no hay mentiras, no hay mediocridad, tampoco arribismo, este no produce dolencias, ni perturbación alguna. En cambio, hay composiciones de calidad que –si se fijan bien- son micro-cuentos bailables en clave de porro, cumbia, paseo, charanga y corrido.

Si hay un disco que reúne una buena parte de las tradiciones musicales de Colombia; que concentra en su repertorio el espíritu sonoro y rítmico de nuestras fiestas, y que ha trascendido en el tiempo hasta pasar por más de dos generaciones, constituyéndose como el bálsamo habitual para olvidar las jornadas de trabajo rigurosas, ese es Lamento Cumbiambero con Los Corraleros De Majagual (1965), una joya de colección que vio la luz bajo el sello Discos Fuentes y cuyas canciones todavía siguen rotando en la radio como en nuestra memoria.

Todo empieza con Calixto Ochoa, un genio de la música caribeña colombiana que nos dio un famoso paseaito (más suelto y bailable) como “Los Sabanales”; que fue autor de la enigmática “Charanga Campesina” y “La Plata” (canción que luego interpretó nuestro Sid Vicious colombiano, Diomedes Díaz). Él, además de haber sido el responsable de llevar a Alfredo Gutiérrez a Discos Fuentes para grabar éxitos como “La Paloma Guarumera”, fue un juglar cuya producción musical transcurrió en sintonía con su visión de la naturaleza y del pueblo campesino, lo que pronto se puso de manifiesto en la espontaneidad de su lenguaje musical. Y justamente fue en 1961 cuando él, al lado del versátil acordeonero sabanero Alfredo Gutiérrez, Eliseo Herrera César Castro, Lucho Pérez y Antonio Cavas, fundó una agrupación emblemática conocida como Los Corraleros del Majagual, una institución de la música nacional responsable de darnos el vinilo cumbiambero en cuestión.

“Todas las interpretaciones incluidas en este microsurco están como para arder bailando”, eran las palabras que uno podía leer en la parte de atrás de la tapa del presente vinilo. Esa frase ya nos resumía una buena parte de lo que estábamos adquiriendo: un material donde se exploraron diversidad de expresiones folclóricas de la música tropical colombiana. Para la muestra, primero tenemos tótems legendarios como “El Pasmao”, de Julio De La Ossa. Es una especie de fandango donde una potente guacharaca que se asomaba bajo un juego de percusión, justo de la cual brotaba un ritmo extático, una cadencia frenética y acelerada con mucha alma afro.


Luego está “Palomita Hechicera”, un pasaje de Alfredo Gutiérrez cuyo bajo es tan penetrante que, es con su sonido que marcamos el paso. Aunque en un primer plano están las tonadas melancólicas de un acordeón, instrumento que es interpretado al estilo sabanero y se ve acompañado por un arpa tocada con cierto sentimiento llanero. Pero, mientras las variantes rítmicas de la cumbia aparecen en una bucólica canción como “Lamento Cumbiambero”, llega una suerte de corrido con  “Pirulino”, producción de Calixto Ochoa que surgió luego de que él fuese a una tienda a comprar guarapo. En el local, el compositor presenció una situación que le inspiró: conoció al dueño del negocio, Aquilino, quien ya borracho se dirigía al patio del kiosko para departir diálogo a punta de cervezas con su amigo Pirulino; pero cuando él llegó a la corraliza apareció un perro y le rasgó el pantalón. Lo que pasó después es historia, una anécdota que todavía se sigue contando en las pistas de baile colombianas.

“Pirulin pin pon” llegó a ser un estribillo determinante en nuestra cultura danzante. Terminó de ser inmortalizado en la versión de Los Golden Boys que sonó en la novela de corte popular Pedro, El Escamoso (2001-2003), justo en una escena estelarizada por la coreografía de Miguel Varoni, que —cual freak criollo— dio rienda suelta al ritmo, ejecutando pasos cuya gracia recayó en sus movimientos improvisados, discordes, carentes de coherencia alguna, lo que precisamente causó chispa, la misma que sigue produciendo Lamento Cumbiambero con Los Corraleros De Majagual (1965) en nuestros días.


Y es que, en un país donde el conflicto armado, la inseguridad, la clase política mediocre (y arribista), la corrupción y Transmilenio son el lamento de cada día, el único lamento que nos queda para disfrutar es el de Los Corraleros. Allí no hay mentiras, no hay mediocridad, tampoco arribismo, este no produce dolencias, ni perturbación alguna. En cambio, hay composiciones de calidad que –si se fijan bien-  son micro-cuentos bailables en clave de porro, cumbia, paseo, charanga y corrido.

Lamento Cumbiambero con Los Corraleros De Majagual (1965) es un registro histórico de nuestras cadencias mestizas pero también, una serie de anécdotas sobre la vida, las mujeres, las figuras alusivas a la faena campesina, la naturaleza, la muerte y la parranda caribeña. Al final, no solo encontramos un pequeño eslabón de la literatura colombiana costumbrista, también descubrimos la banda sonora de nuestras fiestas y borracheras familiares; el legado sonoro de nuestro pasado musical.

(Encuentre aquí: ‘Cañonazo tropical’: un documental para bailar y hacer memoria sobre nuestro patrimonio musical)

El disco no se encuentra en Spotify; es muy raro hallar esta pieza en alguna plataforma digital de manera completa (como salió editado originalmente), y esto se debe a que una buena parte de la producción de Los Corraleros ha salido en modo de mosaicos, los cuales solo recopilan sus hits. Así que, solo haga clic aquí para escuchar Lamento Cumbiambero con Los Corraleros De Majagual (1965).

A continuación, unas joyas corraleras.


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