Parlantes | Todo esto eran Mangas

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Todo Esto Eran Mangas

puntaje8.5

8.5

Nuestra Calificación

Resumen Hablar de Parlantes implica un acto de nostalgia, uno que hace memoria por las historias que se encriptan en su lírica e intentan rememorar aquellos personajes de ciudad y relatos que articulan nuestra idiosincrasia.

Hablar sobre Parlantes es hablar sobre legado y herencia, sobre uno de los ejercicios musicales más atesorables para la historia musical de la ciudad de Medellín. Su acople instrumental vence sin complicación cualquier etiqueta de género y las afiliaciones necias que se extienden al prejuicio.

Hablar de Parlantes implica un acto de nostalgia, uno que hace memoria no sólo por los ritmos retro que suelen incorporar en sus canciones, sino por las historias que se encriptan en su lírica e intentan rememorar aquellos personajes de ciudad y relatos que articulan nuestra idiosincrasia.

Ya su vocalista Camilo Suárez nos habló sobre los matices literarios en una íntima entrevista. Por otro lado, detenernos una en la impecable faceta instrumental de cada una de las canciones que comprenden su nuevo disco sería redundar una y otra vez en la originalidad instrumental que estos músicos han logrado articular entre ellos tras una década de trabajo y gracias a un norte común dotado de principios, ética pero al mismo tiempo naturalidad y despreocupaciones. Propongo un estilo de reseña alternativo, uno en el que en vez de estudiar aspectos técnicos nos acercaremos de una manera un poco más teórica al sub texto que se encuentra entre fibras. La música, como arte, es accesible desde esta perspectiva. Un álbum, como este, también es susceptible de.

Lee aquí“La mejor letra es la que se termina, la que se canta”| Camilo Suárez

Todo Esto Eran Mangas se sitúa como un faro de dirección artística y marco conceptual. Aquel común dicho que suelen decir nuestros mayores cuando levantan la vista sobre el horizonte y no encuentran más que concreto erigido hacia el cielo. Quiero hacer énfasis en este nuevo nivel de experiencia que intenta rescatar Parlantes, uno que no pertenece a las nuevas generaciones y que por ende debe re actualizar en sus canciones para que nosotros, hijos de la comunicación intermediada por dispositivos, demos cuenta de él tal en carne propia lo hacen nuestros abuelos.

El mundo ha cambiado, y lo sigue haciendo a un ritmo desenfrenado, uno que los de mayor edad no logran concebir ante su paso fugaz; esto debido a que su capacidad sensorial y grado de consciencia sobre su lugar insertado en la realidad, el que traían en años mozos, no es capaz de acaparar en totalidad la contemporaneidad.

Parte de estas preocupaciones son bellamente expuestas en el texto El Narrador (1936) de Walter Benjamin, particularmente, la degradación paulatina de las antiguas tradiciones orales (cuentos, moralejas, historias, anécdotas), aquellas que solían vivificar la herencia del hombre como un ser dotado de pasado, apellido y procedencia centenaria. “(…) preguntamos si la relación del narrador con su, material, la vida humana, no es de por sí una relación artesanal. Si su tarea no consiste, precisamente, en elaborar las materias primas de la experiencia, la propia y la ajena, de forma sólida, útil y única.”

La sociedad lentamente se encaminó lentamente en un campo de la experiencia que ya no busca la rememoración colectiva de la historias, sino que pasó a un proceso que en cierta medida traía consigo una especie de olvido, camuflado en lo atractivo de la novedad y la configuración de un campo interactivo netamente virtual. En este sentido afirma Benjamin: “Hemos asistido al surgimiento del «short story» que, apartado de la tradición oral, ya no permite la superposición de las capas finísimas y translúcidas, constituyentes de la imagen más acertada del modo y manera en que la narración perfecta emerge de la estratificación de múltiples versiones sucesivas”. La experiencia modernista no conserva deja consigo las memorables huellas del pasado, y por lo tanto, es imposible que lleguen a nosotros con la misma naturalidad que los olores y sonidos que rememoramos desde pequeños. No hay lugar para este nuevo espectro de tiempo en el que las tradiciones generacionales transmitidas mediante las diversas manifestaciones del relato se instauran completamente como un registro de memoria en el imaginario colectivo.

Ante esto, el ejercicio de Parlantes y, especialmente, la prosa de Camilo Suárez, se perfila como un accidente inesperado en esta nueva forma de alineación. Suárez narra en sus canciones el sentimiento extraño que produce no sólo las mutaciones artificiales del entorno, sino la presencia de personajes, situaciones y hábitos que si bien no son conscientes como él de que hacen parte de un basto mapa llamado realidad, aún no desaparecen del todo y, si se presta atención, siguen apareciendo difusos. Lo más valioso es que Suárez encapsula su Medellín natal en este ejercicio, los barrios en los que creció, los rincones que frecuentó y las calles que día a día caminó.

Balada Equis“, sexto corte del disco, es el ejemplo perfecto y el punto exacto donde convergen los paisajes que antes “eran mangas” y aquellos rostros que adornan y hacen de la capital antioqueña un colorido mosaico de individualidades que juntas se transforman en un nuevo estado de consciencia:

Va a llover, va a llover, yo creo que va a llover. Que me caiga un rayo entonces, así canto eléctrico, encalambrado, como dicen que me mantengo. Disco rayado, canto rayado, canto rodado… ¡A rotar planeta que te mueve el canto!

Si llueve no importa, pues la brisa me seca, me caliento caminando y cuando pegue el sol le digo: “¡Qué tal caballerazo!”.

Sin pisar la raya. Vamos por el surco del asfalto. Está temprano —la ventaja de ser madrugador de la tribu—, así voy de acá hasta Robledo y vuelvo, no por toda la 80 sino callejiando entre los barrios. Así me oyen mejor y hasta logro almuerzo… Una sopita de fideos con aguacate, ¡qué rico! Ah, pero vea pues, yo ya despaché la mañana.

¿Con cuál sigo? Una de esas que solo oírlas y ya está uno de pelea, como cuando hundía F7. Pero suave, que me gasto la voz y falta mucho, se me rasga y llego en harapos. Bueno, ya está cajeta pero sigue pintando como pedazo de ladrillo en la calle. Mentiras, pero la lluvia borra eso y yo no creo que lo cantado se olvide, no señor, esto es lo mío, a todo pulmón. Que llueva. Y no se borra lo cantado: en el aire queda. Así es la cosa, señor, como dice Elvis, la música mueve por dentro y por fuera. Así es conmigo. Público cantor, soy otros, soy judío errante que canta los pasos.

¿Que si no me da pena? Pena le debería dar a tanto fingidor. ¡Cuál pena! ¡Si yo soy viento nomás! Me oyen llegar, la voz se mete por debajo de la puerta, se cuela por el patio, llega a la sala, al comedor, a la cocina y desde allá me contestan: “Cantante, ¿quiere agüita?”. Y me sacan agua las nenas: Zunilda, Rosario, Matilde, Ofelia. ¡Cómo nos queremos, mi club de fans! El que quiera oír más que se asome, me persiga o espere otro día mi gira interbarrial.
¡Uy!, mirá, ya voy por el parque de La Matea. ¿Qué será de don Guillermo y de sus palomas? ¡Ah dicha una paletica de limón! Me pinto la lengua y recuerdo a los viejos… Qué pesar, en ese encierro, y yo con ellos, y mi abuela, pobre ella. La gente va y le dice que estoy por la calle, cantando como loco. Tranquila abuela, yo voy a dejar un coro, un conjuro para que la gente se sienta bien, algo así como: “La la, la lara la la la, la lara la la la, la lara la la…”.

Así vamos y es la cosa, yo soy aguja por el surco de la calle. Y eso es mojando los tenis en este charco, bacán, porque si no se le recalientan. Los pisahuevos bien frescos. Bueno, pasa ronda un afiche vivo, afiche del cantante blanquiado por el sol. Aguja por el surco de la ciudad. Y el grano de la voz, el grano de la voz. Cantando, ladran perros al paso del sol. Mmm… ¡este viento sí es de agua!

Bueno, a ver ¿cuál nombre artístico tengo hoy? Puma, Bravo, Dyango, Juan Gabriel, ¿ah? Aunque, ¿cómo es que me dicen en la 79 con la 29A? ¡Perales! Perales, claro. Allá siempre me espera ese gafufito que se asoma por el ventanal. “Perales” me llama ese niño y se va acordar de mí, voy a ser eco. Y los metaleros de Santa Gema también se van a acordar. Entonces qué muchachos, ¿una foto? ¿Les firmo las chaquetas?

¡Uy!, de pronto sí llueve. Llueva, truene o relampaguee: Lado a y lado b sin pausa, sí señor. Del único trueno que me da miedo es del que guarda ese tipo tan maluco, ese cucho de la camioneta que se hace en el balcón. Y ahí está, qué pereza. Sale y me grita: “Perdete-vicioso-loquito-vago”, “Paisa, paisa, no fume bazuco”, me dice el descarado ese, como si la propaganda fuera para mí. Pero nada, más entonado y una de amor.

Aquí Camilo se convierte a sí mismo en una figura equiparable con la del flâneur, aquella introducida por el poeta Charles Baudelaire en su texto “El Pintor de la vida Moderna” publicado en el diario francés Le Figaro (1863) y que habitaba el París del siglo XIX. Esta figura juega un papel crucial y trascendental en el nuevo nivel de experiencia en el que inevitablemente se veía inmerso en el sujeto moderno. El flâneur es un agente que la observa y estudia la ciudad, se pasea con elegante sin ser visto, haciendo parte y al mismo tiempo extrayéndose de la rutina, contemplando sin repudio la dinámica parisina veraniega.

Él experimenta la ciudad en tanto que es capaz de notar los fugaces momentos de belleza en la cotidianidad que son imperceptibles para la gran masa adormecida. Al contrario de Rousseau, quien propone los paseos al campo como terapia de renovación moral, Baudelaire visualiza la ciudad como como una nueva fuente de fascinación estética para el artista, un llamado a abrazar la modernidad mezclados con la misma multitud en busca de esos instantes inesperados que despiertan las más álgidas emociones en el alma del flâneur.

Este personaje se configura como un posible estado de experiencia redentora en la medida que ese mismo transeúnte admira la metrópolis, como algo inmanente de sí mismo sumergido en la vida moderna. El impresionista, o hasta el mismo transeúnte vagabundo de París, narra la ciudad al mismo tiempo que la experimenta, es decir, cuando da cuenta de las sutiles y hermosas particularidades que alimentan su visión.

Este estado reactivo de la conciencia, este estado de shock, es importante en la que se busca concretar los factores que empobrecen la experiencia del hombre moderno y de los que con tantas ansias nos intenta alertar Benjamin. Si bien el flâneur de Baudelaire a simple vista se presenta ante nosotros como un reducto positivo del frenesí modernista, es precisamente el filósofo alemán quien individualiza su actividad de espectador y “caminante urbano” para denunciar las rupturas de una experiencia redentora que traía a cuestas la marcha imparable del progreso.

Escucha aquí:  Stream anticipado de ‘Todo Esto Eran Mangas’, el nuevo álbum de Parlantes

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