Por la pasión de la música en vivo | Disclosure en Medellin

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Por la pasión de la música en vivo | Disclosure en Medellin

Revista Metrónomo hizo presencia en uno de los shows que mayor revuelo ha generado en la creciente movida de espectáculos musicales que vive de la capital antioqueña.

Fotografías: Juan Urrego

Medellín, de la mano de la enorme gestión de la casa promotora Breakfast Club, logró gracias al cultivo durante los últimos años de un nuevo público curioso, educado y que paga a conciencia lo que valen tales eventos, ser incluida en la actual gira por Sudamérica de Disclosure.

Algunos podrán argumentar que no es un suceso de tal importancia teniendo en cuenta la enorme popularidad del dúo británico en el panorama actual, catalogándolo como un concierto seguro, pero en un contexto cultural como el de la ciudad paisa es imposible obviar que la llegada de los hermanos Lawrence representa el paso definitivo de esta región como una plaza atractiva entre las pincipales del circuito latinoamericano. Lo anterior si lo ponemos en perspectiva frente a lo que le llevó a Bogotá consolidarse, en lo que es hoy en día, tras siete ediciones del Festival Estéreo Pícnic.

Al igual que en la Capital, este proceso tiene un responsable indiscutido y crucial. El equivalente y aliado fundamental en la expansión de T310/Absent Papa es Breakfast Club en Medellín, un grupo arriesgado que ha tomado las riendas de la oferta musical local con fiestas y festivales diferentes, influenciando a los antioqueños de las tendencias que marcan parada alrededor del  mundo.

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Volviendo al tema que nos compete puntualmente, el pasado sábado 17 de septiembre es un día par la historia en una ciudad que comienza a presenciar en primera fila esos grandes artistas internacionales que por tanto tiempo permanecieron inalcanzables o a lo sumo debían trasladarse a la altura de Santa Fé para no perdérselos. Si bien históricamente no se configuran como un acto de culto, Disclosure es la nueva cara de la escena dance global y su paso por la “Tacita de Plata” era un menester tanto para aquellos conocedores del género como quienes recién se inician.

Lo admito, si bien reconozco ambos argumentos frente a la banda y no desestimo su calidad sonora, asistí en un papel más analítico que entusiasta. Por supuesto, bailé y disfruté su grandioso disco Settle y me dejé llevar un poco por el boom mediático que generó su lanzamiento. Sin embargo, Caracal me dejó algunos sin sabores y siempre existió la incógnita de cómo se traslada su propuesta al formato en vivo. Claro, todos hemos visto videos, pero nada reemplaza la experiencia en carne propia.

Precisamente esa es la palabra que intentará resaltar en esta breve crónica: experiencia, porque más allá del debate moral sobre lo que es puro, auténtico o vanguardista, la música triunfa sobre los límites teóricos para enriquecer la vida de todos nosotros de una forma u otra. Debo aclarar, además, que tampoco soy conocedor en cuando música electrónica se trata, así que de cierta manera me encontraba en la mejor posición objetivamente posible para apreciar su propuesta.

Con un montaje impecable, un juego de luces de fantasía y acompañamiento de visuales hiptonizante, Disclosure no se guardó nada de su repertorio y entregó a los paisas cada uno de sus mayores éxitos: “White Noise”, “Omen”, “Magnets”, “F For You”, “When a fire…”, “Nocturnal”, o “Jaded”. Otros podrán alegar que de eso sólo se trata la banda, pero el hecho que sus dos discos se encuentran plagados de ellos deja poco espacio para este tipo de reclamaciones.

De cualquier manera, Guy y Howard han logrado edificar un proyecto completo, técnicamente virtuoso, dotado de un amplio abanico de influencias y matices que acapara nuevos adeptos provenientes de todo tipo de escuelas gracias a la pluralidad de su sonido. Sin embargo, lo que considero prima por encima de los aspectos formales es que Disclosure es un gran ejemplo de lo que significa la ejecución en directo de música dance contemporánea; un aspecto que resulta altamente gratificante e innovador en las personas que lo viven y disfrutan como un accidente sincero y fuera de lo común en sus vidas.

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Lo anterior cobra sentido cuando presenciamos a estos músicos desenvolverse con naturalidad y sincronización precisa en medio de sus escritorios, rodeados de sintetizadores, teclados, parches de percusión, platillos, secuenciadores, bajos y por supuesto, sus propias voces. Fuera de la etiqueta que intente encerrar el sonido de Disclosure y el dilema filosófico con la historia de la música electrónica, es imposible negar que la aptitud musical de estos ingleses es un baluarte artístico en sí mismo. Simultáneamente, que su estética apele a pista de baile y sea la incitación principal de su puesta en escena es un ejercicio igualmente legítimo.

He aprendido que alguna veces no se trata de hacer comparaciones innecesarias o juzgar los nuevos paradigmas culturales con el espíritu de épocas anteriores. La experiencia de la música en vivo es uno de los espacios de esparcimiento más valiosos que tenemos, escasas horas de catarsis audiovisual que nos ayudan a sobrellevar el tedio de nuestras cotidianidades. El ver a una buena porción de los habitantes de mi ciudad encaminados hacia sonidos no convencionales reafirman lo importante que es asentar las bases de una educación musical que por sí sola comenzará a filtrarse poco a poco hacia las demás esferas de la sociedad.

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